"En Pos del Fuego Primordial"

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Implicancias morales de la Nueva Ciencia

lunes, 3 de agosto de 2009

Dejemos atrás a Yehude Simon, hundido para siempre en el horror de su paso por la jungla, y recordemos al verdadero Humanismo, para el que la dignidad del hombre implica: 1) derecho al ejercicio pleno de la diversidad cultural; 2) diferencia e igualdad de las personas; y 3) derecho a discrepar y a resistirse legítimamente a ser reducidor por una identidad dominante. El Hombre ha sido, más allá de los rituales que nos diferencian, la posibilidad sin precedente de que Dios se mire en el Cosmos, éste se sienta en Nosotros, y de que nosotros seamos la dimensión del encuentro, en el esfuerzo por alcanzar, en supremo acto creativo, los mínimos que nos confirmen como bestias o que nos transformen en héroes o criaturas celestes.

De las relaciones entre las cosas de la naturaleza emerge un organismo universal autosuficiente, un sistema evolutivo unificado dotado de Alma Universal. Transformar la naturaleza desde sus leyes es un compromiso ecológico. Hurgar en sus entrañas en pos de la clave escondida nos pone al borde de la ciencia positiva. Ir por debajo del orden establecido sirve para descubrir que es preciso volver a la unidad con ella. El universo, la naturaleza dentro de él, se nos presenta -ahora- como un sistema de elementos simples interconectados en relaciones complejas, causa de todo y de sí mismas. En su inteligencia, a partir de fenómenos contradictorios y caóticos, elabora principios vivos que reproducen, recrean y reciclan información para recomenzar. La independencia universal nos dice que en este orden no hay demonio que cause los males del mundo aunque a veces nos topemos con algunos.

Si se le deja libre, cada ser vivo desarrolla en pos de un fin que descubre en el camino. Su "forma" no se explica a partir de fines impuestos, sino a partir de aquellos que naciendo de fuerzas internas interactúan entre sí, ininterrumpidamente y a saltos, de lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande. El mito de Hércules reproduce esa lógica aplicada al hombre que se hace héroe cuando rompe las ataduras que se lo impiden. Doce fue el número alegórico de sus trabajos para trascenderse: matar al León y cortarle la cabeza a Hidra, su hermana, equivale a liquidar la soberbia impenetrable y vengativa del gobernante. Entregar la Cierva de las patas de bronce y cazar al Jabalí de Erimanto semeja a juzgar al cobarde que aterroriza al bosque. Limpiar el establo del Rey significaría, hoy, limpiar el Congreso, la Casa de Pizarro y el Palacio de Justicia. Robarle la mamadera a los intocables y hurtarle las manzanas a los privilegiados es finiquitar al Cancerbero que las defiende. Purificados, como él, por la Madre Tierra volveremos de infierno a cielo, saliendo de Estado a Nación.
No hemos entendido aún que la condición primera para participar en la vida pública consiste en domar nuestras pasiones privadas, disipar la oscuridad de la mente, purificarse en el servicio y encadenar los prejuicios de la razón de Estado. De los deseos básicos a la lucha por propiedad, poder y honor, hemos venido, finalmente, al conocimiento, para descubrir de dónde vienen nuestras raíces y saber la respuesta a la vida si ella es alguna clase de pregunta.

Ser o no ser

lunes, 13 de julio de 2009

Cuando William Shakespeare, el gran literato inglés, acuñó la locución que ha hecho famoso al "Rey Lear" y lo ha inmortalizado a él mismo, no pudo imaginar para cuán diversas clases de cosas y casos serviría andando el tiempo.

La expresión fue parte de las deliberaciones de un príncipe indeciso, quien encarnando el poder político no se decidía a acometer el desafío de regular y gobernar la existencia de su nación cuando era incapaz de hacer lo propio con su propia vida, atenazado como estaba por sentimientos contradictorios respecto de su padre, el Rey muerto.

La supuesta similitud entre las fuerzas de la tradición y la del destino riñen con la libertad (individual y colectiva) como ejercicio capaz de abrir posibilidades y desenlaces distintos en el devenir de la historia y de nuestras biografías.

El mismo carácter tendría para los ciudadanos, en una circunscripción territorial y política, el peso y la gravedad compulsiva de la ley, de la que -hipotéticamente- ningún individuo podría escapar, incluso el Rey, primer obligado a cumplirla y hacerla cumplir.

Es evidente que cada contexto cultural modifica, más o menos, la impronta universal e inapelable de la ley sobre los gobernados y sobre los gobernantes. Todos entendemos sin sorprendernos, pero no por eso con menos indignación, que Perú no es Inglaterra y que, quien hace las veces de Rey, no se parece en nada a Juan Sin Tierra, al mítico Rey Arturo o al dramático Rey Lear.

Entre nosotros, como los gobernantes le hacen ascos a ley, poblándola intencionalmente de vacíos o sumergiéndola en laberintos indescifrables o puenteándola con toda clase de tinterilladas, ocurren casos de ripley, como que los docentes de las universidades públicas hayan esperado 25 años para que empiece a ejecutarse el mandato de homologarlos con el haber básico de sus homólogos del poder judicial, o de que el Poder Ejecutivo presente una acción de inconstitucionalidad contra la resolución del Tribunal de Garantías Constitucionales para no terminar de cumplir con el 30% faltante, que nos birlan desde hace dos años más.
Este drama político marginal, al más puro estilo bravucón y abusivo, es igual que robarle el monedero a un jubilado en la ventanilla del Banco de la Nación -los catedráticos así lo sentimos-. Después de ver a Alan García, jefe supremo del consejo de ministros, pasar piola, respecto del asesinato de un número indeterminado de los ciudadanos "de no primera categoría, amazónicos o serranos, que él dice presidir, y de ver a Rómulo León pasar por debajo de la vigilia ciudadana, aprovechando los escándalos chicha, uno tiene la sensación de que la ley no pesa, que las palabras se las lleva el viento y de que quienes nos gobiernan no tienen sangre en la cara.

¿Será que no habrá otra forma de obligar al Estado, al gobierno y al régimen a cumplir la ley más que blandiendo la amenaza de una futura huelga docente? Ser o no ser, he ahí el dilema.